El sueño de vivir en el sur…El Bolsón como destino
Quizás utopía de bohemio, joven añoranza o deseo suplicante. Migrar al sur, vivir los paisajes de los valles encantados, para muchos será un delirio o un lujo permitido solo en vacaciones. Para otros, encontrar la paz en el abrigo de montañas gentiles y en la sonrisa de pueblos bondadosos: es una meta.
No será fácil, pero si el empeño es suficiente un sueño puede vivirse en El Bolsón.
De cómo se hacen realidad los sueños…
“Dejamos todo: familia, laburo, estabilidad, amistades… realmente fue dejar todo”, suspiran Gabriela Pérez (39) y Daniel Gianatti (53) desde su nuevo refugio. Una pareja rosarina que tomó la decisión que pocos se animan a concretar. “Costó trabajo, fue una meta casi delirante”; hoy sonríen, están en El Bolsón y saben que otra vida está comenzando.
No bastaron las vacaciones; la Comarca Andina, con el encanto de sus paisajes y la bondad de sus pueblos, ya había conquistado todas y cada una de sus proyecciones. Los retornos a la ciudad de Rosario, a veces envuelta en piquetes y embotellamientos, cobraban otro sentido: llegar a casa para trabajar y así partir pronto al sur. Buscar en google “emprendimientos en la Patagonia” emanaba la primera idea: turismo, sin duda. Gabriela y Daniel pensaron en construir cabañas en los alrededores de El Bolsón para alquilarlas en temporada; sin embargo, dada la alta inversión y el largo plazo que este proyecto implicaba, decidieron tomar un atajo para arrancar la huida. “Entonces comenzamos a ver qué cosa podíamos hacer para subsistir, y se nos ocurrió comenzar con las artesanías; al principio en forma muy elemental, teniendo una sola máquina montada en el balcón del departamento, y trabajando en la mesa del comedor”.
Así, quizás la ansiedad los hizo artistas; empezaron a jugar en fibrofácil, luego, fruto de mucha dedicación y adiestramiento en la técnica, lograron calidad en la terminación. Sus productos resultaban cada vez más atractivos; una variedad de adornos en madera, portarretratos, colilleras, portallaves, bandejas y una pila de delicadezas pintadas a mano viabilizaron la estrategia: vender su arte para vivir un sueño.
La partida abría su camino, pero se enfrentaban a lo más difícil de todo exilio programado, esta vez elegido. Dejarlo todo significaba para Gabriela y para Daniel ausentarse de la juventud de sus hijas, alejarse de los afectos y, por supuesto, renunciar a una estabilidad laboral. Para él (contador público) y para ella (docente de lengua), los dos en ámbitos consolidados y cada uno pilar de íntimos apegos, el apoyo familiar era crucial como en todo momento definitivo. Se vivieron respetuosos silencios, pero la decisión era sabia. Había una ilusión de generaciones atrás que se palpaba en el nuevo rumbo de papá y mamá: “queremos verlos felices” fueron las palabras, en ese cariño vibró el impulso y en las fotografías de esas personitas hoy está su energía.
Un primer tramo a la meta, fue en julio del 2006; partieron hacia El Bolsón a tantear cómo se vivían los inviernos y a ver cómo se pintaba el mercado artesanal. Volvieron en enero del 2007, cuando el auge turístico oferta mejor prosperidad; en ese periodo también se dedicaron a buscar vivienda, “Fue duro, la mayoría se alquila de marzo a diciembre y luego se destina a los turistas, —cuenta Daniel— así que tuvimos que caminar mucho para dar con una” —agrega Gabriela—; ambos recordando la travesía que significó conseguir un inmueble en plena temporada vacacional, además teniendo, para ese entonces, que volver a Rosario. Finalmente, llegó abril de 2007, después de los pocos meses en los que la espera parecía eterna; ya tenían la casita alquilada, el Renault preparado y los bolsos repletos de trabajo y de esperanza. En un par de días, llegarían a la Comarca, y esta vez a quedarse para siempre.
Cada amanecer llegó distinto. De a poco, se les iba bosquejando el nuevo horizonte que habían escogido; a lo mejor latían cierta incertidumbre al empezar cada jornada, pero ya no había prisa pues el apuro y el ahogo habían quedado kilómetros atrás. El anhelado “cambio de vida” se ordenaba en una nueva rutina, sin horarios ajustados, ahora supeditado al ejercicio de irse adaptando. “Hay que habituarse a las bajas temperaturas” alerta Daniel, en simpático tono de reparo, cuando detalla que estuvieron tres días sin agua porque las cañerías y el tanque de agua quedaron congelados. De todas maneras, a dúo la pareja resalta que este percance llega a ser lo de menos, cuando lo que sorprende es la cordialidad habitual de la gente: “es común estar haciendo cola en el banco y quien está delante te hable, quien está detrás se anote a la charla y el policía que cuida se acerque también a conversar”.
Hacer comunidad en El Bolsón también consiste en participar de los espacios culturales. “Hay reuniones y tertulias todas las semanas en La Casa de la Cultura”, dice Gabriela a tiempo de contar que está haciendo un taller de dibujo y pintura, “un placer que me lo debo desde chica, ya que mis papás siempre fueron artistas y mi papá pintaba siempre inspirado en el sur”, sonríe orgullosa. Por su parte Daniel asiste a un taller literario, cuenta que escribir “le era un lujo que su limitado tiempo no le permitía”, pero ahora es una tarea diaria y la practica con entusiasmo y disciplina. Los dos coinciden en que estas actividades, además de nutrir sus vidas como siempre lo habían deseado, los mantienen en contacto con la gente del lugar, pues a medida que pasan los días van conociendo más personas y estrechando nuevas relaciones.
Durante este invierno se dedicaron a fabricar y acumular stock; igualmente, ya dieron sus primeros pasos para insertarse en la Feria Artesanal de El Bolsón, “tenemos un puesto semipermanente, donde ya hemos podido exponer y comercializar nuestras artesanías”. Están en tratativas para obtener un lugar permanente la Feria de Epuyén (localidad a 30 Km. de El Bolsón), así que desde octubre tienen pensado viajar por toda la región para distribuir los productos que vienen trabajando. “Realmente no es fácil,
—subraya Daniel—si bien algo hemos vendido, tomando en cuenta la temporada, aún no hay ingresos, pero confiamos en los próximos meses”. Desde ahora, la consigna para esta pareja es vender y ahorrar; así lograr, hasta febrero, tener los gastos cubiertos para el 2008.
Muchos amigos preguntan a Gaby y a Dany cómo se encara un cambio de vida tan radical, ellos contestan de la manera más realista, quizás resaltando las dificultades y los bretes que todo cambio conlleva: “acordate que extrañar es cruel” se dicen entre ambos. Luego de una exhalación nostálgica, en sus consejos imprimen optimismo: “es clave estar decididos, tener fe en lo que uno va a emprender y haber conocido la cancha para saber armarse la jugada”.
By, Sil.
Gracias, Dany y Gaby.